Lo que yo sé de irse y volver
Yo salí de Venezuela, viví unos años en Argentina y después me establecí en España. Conozco esa pregunta desde dentro: la noche en que todo te parece absurdo y quieres hacer las maletas, y la mañana siguiente en que recuerdas por qué te fuiste. No voy a decirte qué hacer. Pero sí sé que esta decisión se toma mejor separando lo que sientes de lo que sabes.
Nostalgia, miedo y datos
La nostalgia idealiza: recuerdas la comida de tu mamá, las fiestas, el barrio, pero no siempre recuerdas los motivos por los que saliste. El miedo empuja en la otra dirección: te hace pensar en volver solo para escapar de una amenaza, sin mirar qué te espera allá. Las dos emociones son legítimas, pero ninguna debería decidir sola.
Lo que ayuda es poner datos sobre la mesa: ¿de qué vas a vivir allá?, ¿dónde vas a vivir?, ¿qué pasa con tus hijos, su escuela, su idioma?, ¿qué pasa con tu pareja, si ella o él no quiere volver?, ¿qué dejas aquí: trabajo, casa, papeles en trámite?
Cuando la familia opina
En estas decisiones todos opinan: la mamá que te pide que vuelvas, el hermano que te dice que allá no hay futuro, los amigos de aquí que te recuerdan lo que has construido. Escúchalos, pero recuerda que la vida que vas a vivir es la tuya. Una pregunta útil es: si nadie esperara nada de mí, ¿qué haría?
Volver también es emigrar
Algo que casi nadie cuenta: quien regresa después de años fuera también vive una especie de emigración. Tu país cambió, tú cambiaste, tus amigos tienen otra vida. Muchas personas que vuelven pasan un primer año difícil, sintiéndose extranjeras en su propia tierra. No es razón para no volver, pero sí para prepararse.
Si tus hijos crecieron aquí, para ellos no es volver: es mudarse a un país nuevo. Su adaptación merece su propio plan.
Un plan antes de una fecha
Si la idea de volver va en serio, sirve más un plan con pasos que una fecha decidida en un momento de nostalgia. Por ejemplo: en los próximos tres meses, averiguar opciones de trabajo allá y hablar con un abogado sobre lo que implicaría salir; en seis meses, ahorrar una cantidad concreta para el primer año; en nueve, hablarlo a fondo con los hijos. Si al recorrer esos pasos la decisión se sigue sintiendo bien, es una buena señal.
Si a mitad del camino descubres que no quieres, también es información valiosa.
Cómo miramos esta decisión en una lectura
En una sesión ponemos las dos opciones sobre la mesa y miramos cada una con las cartas: qué te da, qué te cuesta, qué sientes al imaginarla. Suele aparecer algo que no estaba en la lista: una promesa antigua a tus papás, un miedo a fracasar, una ilusión que no te permitías. La decisión sigue siendo tuya; lo que cambia es que la tomas sabiendo qué te mueve.
La página antes de una decisión grande explica cómo trabajo estas preguntas. La sesión dura 45 minutos por llamada de voz.
